opinión

Ya nada es normal

Artículo publicado en www.nuevatribuna.es el 2 de julio de 2019

Inés dice que es culpa suya porque no consigue ser normal”. Esas palabras de la madre de la niña de 11 expulsada del campamento de la empresa Diverbo en un pueblo de Salamanca no me dejan dormir. Y no lo hacen porque lo único normal en todo este desagradable suceso es precisamente Inés. Una pequeña que, ilusionada y seguramente con algún miedo, marchó a su primer campamento de inglés y, tras recibir tamaño desprecio, no puede sino sentirse mal y pensar que es culpa suya. Así de injusto es todo esto.

Tal vez pueda incluso ser normal que otras niñas, en su deseo (egoísta, todo sea dicho) de estar juntas, llamen a sus madres para decirles que Inés les molestaba. Es posible. Pero lo que no es normal es la reacción de los adultos.

Soy muy consciente de que mis palabras levantarán ampollas, de que no son políticamente correctas, de que muchos se sentirán juzgados, pero yo también soy madre y por eso sé lo difícil que es hacer lo correcto. Los errores, los miedos y las equivocaciones son lícitas, pero detrás de todo está la responsabilidad sobre nuestros actos. Es hora de que los padres y madres revisemos a fondo cómo estamos  educando a nuestros hijos e hijas. Porque cuando hablamos de educación, no lo hacemos solo de la que reciben los niños en las escuela, sino de coeducación. Ahí nosotros y nosotras tenemos mucho que ver.

Vivimos en un sistema capitalista que nos lleva a la deshumanización. El mercado potencia la individualidad. Los valores que se imponen inciden en el “yo me lo merezco”, “tú eres el mejor”, “el único” o “la niña perfecta”. Por ello los adultos deberíamos introducir el factor corrector, deberíamos ser quienes hiciéramos tomar conciencia a nuestros hijos e hijas de dónde está la línea de lo real y lo ficticio y no alentar una construcción irreal de si mismos, una competición con sus iguales, una especie de carrera al éxito de la niña más guapa o el niño más fuerte, perpetuando no sólo los roles de género, sino la insolidaridad y una falsa idea de la normalidad.

No olvidemos que los prejuicios no nacen con nosotros, se construyen en nuestra mente por el contexto cultural, social, económico y familiar. Y a medida que estos van apareciendo, los niños y niñas empiezan a reproducir comportamientos que pueden ser crueles e insanos, emocionalmente hablando. Comportamientos que como madres y padres no debemos justificar, minimizar ni normalizar.

De verdad, nuestros hijos pueden ser maravillosos, podemos quererlos con locura, pero no tienen siempre la razón. Y la discriminación no es tolerable. Es nuestra responsabilidad de adultos advertir a nuestras hijas e hijos de que obran mal y traspasan una línea roja cuando cometen una acción de discriminación.

Si no coeducamos, todo lo que venga detrás serán las consecuencias. Nuestra intolerancia nos habrá hecho responsables de hacer que una niña, se llame Inés, Juan o Marta, no se sienta “normal”. Y eso es malo también para nuestros hijos e hijas. Es malo para todos.

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