opinión

De Delibes a la Agenda 2030

Actúa María Garzón Blog

«Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos, por nada noble». Miguel Delibes, uno de nuestros grandes escritores, se manifestaba así de escéptico en su discurso de ingreso a la RAE, frente a un selecto auditorio, urbanita e intelectual, en el año 1975.

Delibes, hombre de campo y de escritura exquisita, no dudó en aprovechar aquella ocasión única para alertar sobre los perjuicios que acarrea el «progreso», como el imparable vaciamiento de los pueblos y la emigración de sus gentes hacia la ciudad.

«El éxodo rural es un fenómeno universal e irremediable. Hoy nadie quiere parar en los pueblos porque los pueblos son el símbolo de la estrechez, el abandono y la miseria», sentenció.

Casi 45 años después de aquel alegato, el despoblamiento del campo es ya un hecho consumado en España, debido sobre todo a la flagrante ausencia de políticas públicas abocadas a ofrecer educación, sanidad y empleo de calidad a las nuevas generaciones, y el tan mentado pero poco atendido cuidado del medioambiente.

Un informe del Consejo Económico y Social (CES) de 2018, señala que tan sólo el 20 por ciento de la población española vive en zonas rurales, un área que representa casi el 90 por ciento de nuestro territorio.

Estamos frente a un grave paisaje de mudanza demográfica que no ha sido paliado por la Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural del año 2007, relegada por la crisis económica y social que sigue planeando sobre los sectores más vulnerables de nuestra sociedad.

El país se apartó de aquellos propósitos y tomó la vía contraria.

Ahora, en tiempos de campaña electoral está en boga hablar de la «España vacía» o «vaciada» y se anuncia un pacto de Estado para salvar a los pueblos olvidados, algo que suena hipócrita y oportunista cuando sale de boca de quienes, mientras gobernaron, contemplaron indiferentes el abandono y la desolación de nuestro entorno rural.

Delibes en su discurso confesaba haber sido tachado de reaccionario cuando publicó su memorable novela «El camino»(1950), en la que uno de los niños protagonistas se resistía a abandonar la vida comunitaria de su aldea para integrarse en el «rebaño de la gran ciudad».

«No querían admitir que a lo que renunciaba Daniel, el Mochuelo, era a convertirse en cómplice de un progreso de dorada apariencia, pero absolutamente irracional».

UN  7 POR CIENTO DE LA POBLACIÓN CONSUME EL 20 POR CIENTO DE LOS RECURSOS NATURALES DE LA TIERRA

El escritor, fallecido en 2010, vaticinó con meridiana claridad la irracionalidad que en estos tiempos parece no tener coto, tal y como lo revela el informe presentado recientemente por la World Wild Foundation, a propósito de  las consecuencias de la voracidad consumista de la sociedad europea.

En este continente –explican– vive el 7 por ciento de la población mundial, pero consume el 20 por ciento de los recursos naturales de la Tierra.

«Si toda la humanidad consumiera tantos recursos como los europeos, usaría el equivalente de 2,8 planetas», advierte el documento.

Por eso el llamamiento de Delibes, hecho en 1975, tiene más sentido que nunca cuando queremos abordar los desafíos de la Agenda 2030 y construir un futuro sostenible para todas las personas, teniendo en cuenta el rampante deterioro y empobrecimiento de la economía, el empleo o las infraestructuras sociales, que desde hace décadas padecen los habitantes del campo.

«…El verdadero progresismo no estriba en un desarrollo ilimitado y competitivo, ni en fabricar cada día más cosas, ni en inventar necesidades al hombre, ni en destruir la Naturaleza (…) sino en racionalizar la utilización de la técnica, facilitar el acceso de toda la comunidad a lo necesario, revitalizar los valores humanos, hoy en crisis, y establecer las relaciones hombre naturaleza en un plano de concordia», decía Delibes en su discurso.

Lejos de caer en la desidia, el escritor fue un inconformista contumaz que levantó puentes entre la desbordada ciudad y el campo relegado, cuando no ignorado.

Delibes también nos hizo notar que los delirios de la vida moderna no nos pueden hacer perder de vista que los frutos que llegan a nuestra mesa fueron sembrados y cosechados por hombres y mujeres de campo, que el patrimonio cultural e histórico también está fuera de los museos, y que la defensa del medioambiente debe ir acompañada de la protección de quienes durante generaciones han acumulado la sabiduría rural estableciendo un estrecho y respetuoso vínculo con la naturaleza.

Los gurús de los mercados financieros y acólitos de turno persiguen vaciar de contenido la «res publica», banalizar el discurso y el quehacer políticos, en aras de la alienación ciudadana.

Pero como apuntaba y celebraba Miguel Delibes, esta pretendida enajenación siempre encontrará un frente de resistencia en los movimientos juveniles comprometidos con la cosa pública.

Los jóvenes nos sorprendieron volcándose masivamente a las calles para exigir medidas contra el calentamiento global y en las manifestaciones contra el vaciamiento de nuestros pueblos rurales, amplificando el reclamo que allá por 1975 hacía Delibes: «El hombre de hoy usa y abusa de la Naturaleza como si hubiera de ser el último inquilino de este desgraciado planeta, como si detrás de él no se anunciara un futuro (…) Y la destrucción de la Naturaleza no es solamente física, sino una destrucción de su significado para el hombre, una verdadera amputación espiritual y vital de éste».

Para conservar hay que cambiar y para que algo cambie es necesario reconocer que el agotamiento de recursos, la contaminación y la desaparición de especies, no es consecuencia del devenir natural de la historia de la humanidad.

Frente a la necedad de quienes actúan como si esto fuera así, en la acción ciudadana y política está la respuesta.

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